jueves, 9 de octubre de 2014

El 85% de las preocupaciones no ocurren: ser productivo consiste en ocuparse, no en pre-ocuparse

Hubo una vez en una aldea un muchacho al que le regalaron un caballo. Alegre, paseaba por los campos mientras todos los aldeanos se admiraban y decían “Que suerte tiene…” y el Maestro Zen dijo “ya se verá.”
Pasaron unos meses y el muchacho se cayó del caballo y se rompió una pierna. Entonces todos en la aldea se compadecían de él y decían “Que desgracia…” y el Maestro Zen dijo “ya se verá.”
Al cabo de un tiempo todos los jóvenes de la aldea fueron reclutados por el ejército para ir a la guerra, todos menos el muchacho de la pierna rota. Todos en la aldea se alegraban por el diciendo “Que suerte tiene…” y el Maestro Zen dijo “ya se verá…”
Fábula Zen

Como los aldeanos de esta fábula, las personas tendemos a preocuparnos ante situaciones nuevas. Los aldeanos de la fábula representan esa voz interior que te dice todo lo que puede salir mal. Cierto es que este mecanismo nos ha hecho sobrevivir cuando en épocas anteriores a la civilización moderna el ser conservador era imprescindible, pero en la actualidad no acaba de funcionar bien.

Robert L. Leahy (B.A., Ph.D. Yale University), director del American Institute for Cognitive Therapy de New York City y profesor de psicología clínica en el Weill-Cornell Medical School, en su libro The Worry Cure: Stop worrying and start living (La cura de la preocupación: deja de preocuparte y empieza a vivir) cita un estudio de la Universidad de Cincinnati en el que se llega a la conclusión:
El 85% de las preocupaciones nunca ocurren
Este dato no es difícil de contrastar. Si pensamos en esos problemas que no abordamos y que vamos dejando para mañana (dedicándonos a preocuparnos sobre ellos), una vez resueltos, la sensación que nos dejan en la mayoría de las ocasiones suele ser de: “no ha sido para tanto”.
El psicólogo Friedrich Perls (1893-1970),  médico neuropsiquiatra, psicoanalista y creador de la Terapia Gestalt, enuncia esto mismo de otro modo:
  • El 40% de nuestras preocupaciones vienen dadas por cosas que no han sucedido y probablemente nunca sucederán.
  • El 30% de nuestras preocupaciones vienen de cosas que han sucedido pero ya no se pueden cambiar.
  • El 12% vienen de problemas de salud irrelevantes o inexistentes que nos llegan a condicionar nuestra vida.
  • El 4% son preocupaciones reales que no se pueden cambiar.
  • El 4% son problemas importantes que se pueden controlar.
Las conclusiones se pueden resumir con este proverbio chino:
si tienes un problema, y no tiene solución,
¿para que te preocupas?;
y si tiene solución,
¿para qué te preocupas?”

Pero, ¿Cómo afecta la preocupación a tu productividad?

La preocupación suele estar motivada por el miedo a las circunstancias que se pueden dar en el futuro ante un hecho.
Es el miedo el que nos hace preocuparnos y nos motiva a analizar la situación antes de actuar para evaluar si nuestras acciones nos van a mantener a salvo o no. Este miedo puede tomar muchas formas: miedo a hacerlo mal, miedo a trastocar la imagen que le damos a los demás, miedo a no conseguir nuestras metas… miedo a que las cosas acaben saliendo de un modo distinto al que nos gustaría.
El miedo es un mecanismo creado por nuestro propio cuerpo para garantizar su supervivencia. Esto ha hecho que nuestra especie sobreviva a los múltiples peligros que nos acechaban antes de vivir en una sociedad moderna. Pero aún así, aunque el mundo actual no entrañe tanto peligro, el miedo sigue dejándonos congelados, bloqueados e inmóviles ante situaciones cotidianas, del mismo modo que haríamos hace miles de años para evitar llamar la atención de un depredador.
En resumen, el principal causante del las preocupaciones es el miedo y su principal efecto es que:
El miedo nos hace quedarnos inmóviles, sin actuar, bloqueados.
Pero entonces, …

¿En qué afecta a nuestra productividad?

Para tu productividad el efecto es similar. Cuando te enfrentas a una situación, problema o tarea a resolver que te genera alguna incertidumbre, entra en juego el miedo. A veces tan sutil que es imperceptible, por ejemplo, el rechazo a no pasarlo mal haciendo algo que no nos gusta. O a veces tan intenso que podríamos catalogarlo como pánico, por ejemplo, pánico a hablar en público.
Pero el efecto es siempre el mismo: rechazo, bloqueo, inactividad, o lo que se suele llamar en el mundo de la productividad, “postergar“, “procrastinar” o “dejar las cosas para mañana”.
Así, acabamos diciéndonos: mañana a primera hora resuelvo esto…, cuando lea el correo…, cuando termine el desayuno…, después del almuerzo…, mañana…, y así pueden pasar varios días e incluso semanas. A mi me ha ocurrido mil veces, pero por suerte, tiene solución ;-)
Mientras pasa el tiempo seguimos preocupándonos de todo lo que podría ir mal hasta que algún día ya no hay más remedio que enfrentar el asunto y solucionarlo … y una vez solucionado, en la mayoría de los casos (más del 85% de la veces) solemos pensar que no ha sido tan complicado como pensábamos.
Al final el efecto es claro:
aunque apuntes todo,
como veíamos en el post “La productividad consiste en vaciar tu cabeza“,
hay ciertas tareas que se atrincheran en tu lista de tareas
y se hace muy difícil completarlas.

¿Por qué nos preocupamos?

Si tomas alguna tarea que hayas estado postergando y ahondas un poco, acabarás dando con el miedo, con alguna tensión, preocupación o sensación de que no ves claro cómo actuar. Darás con los campesinos de la fábula diciéndote todo lo que puede salir mal en forma de una vocecilla interior.
Es decir, siempre que te enfrentes a algo nuevo o que te genera algún tipo de incertidumbre, la preocupación no desaparecerá hasta que tengas la situación bajo control.
Así nos preocupamos siempre que sentimos incertidumbre por uno o varios de estos factores:
  1. Miedo a que las cosas no salgan como te gustaría.
  2. No tener claro qué hacer para que las cosas salgan bien.

De preocuparse a ocuparse: lista de siguientes acciones

Nos preocupamos para mantenernos a salvo ante las situaciones desconocidas o desagradables, lo que ocurre es que hoy en día:
nuestro medidor interno de riego se equivoca un 85% de las veces.
Teniendo en cuenta que nos equivocamos frecuentemente y que la preocupación nos lleva a bloquearnos, y una vez analizada la raíz del problema, la solución es sencilla.
Si nos bloqueamos por nuestra tendencia a imaginar todo lo que puede salir mal y además sabemos que estamos equivocados en la mayoría de los casos, démosle la vuelta:
Paso 1. Imagina que las cosas salen bien.
Además, si el otro factor que nos hace preocuparnos en vez de ocuparnos es el hecho de no tener claro cómo avanzar, hagamos lo mismo que en el caso anterior:
Paso 2. Determina cuál es el siguiente paso físico hacia la solución. El paso debe ser lo más pequeño que puedas para que sea completamente claro.
Y por último, dado que tenemos que mantener nuestra cabeza vacía:
Paso 3: Apunta el siguiente paso en una lista, a la que llamaremos “Lista de Siguientes Acciones” (terminología GTD).
Por ejemplo, si anotas “Pelea con el Jefe“, estás anotando tu problema y esto te hará pensar en todas las posibles cosas que pueden salir mal. Te llevará a preocuparte.
Sin embargo, si anotas “Llamar para cerrar cita para café con el director regional para contarle el caso y pedir consejo“, estás anotando el primer paso hacia la solución. Así, pasas de preocuparte a ocuparte de solucionar el problema. Pasas de tener una lista de problemas, a tener una lista de soluciones (Lista de siguientes acciones, no te olvides). Pasas de tener una lista de preocupaciones (lista de tareas) a tener una lista de ocupaciones (lista de siguientes acciones).
Yo ya hace tiempo que me acostumbré a anotar siempre, siempre, siempre en este formato, y aunque se me siguen enquistando algunas cosas, en cuanto lo detecto:
¡me paro a aplicar los 3 pasos y consigo desbloquearme mucho más rápido que antes!