jueves, 27 de septiembre de 2018

7 claves para dejar de comerse la cabeza

Algunos tienen el hábito de sobrepensar todas las cosas. Es lo que popularmente se conoce como comerse la cabeza. Equivale a rumiar y rumiar los pensamientos, deteniendo la acción y llenándose de angustia. En otras palabras, pensar demasiado, hacer poco, sentirse mal por ello y no poder evitarlo.
Esto ocurre cuando estamos llenos de inseguridades o nos dejamos asaltar por los temores. Comerse la cabeza significa que tenemos dudas y eso, en sí, no está mal. Lo que sí es muy negativo es hacer de la duda y de la inacción una forma de vida.

La mejor manera de evitar esto es fijando un plazo para resolver lo que tenemos entre manos. Lo aconsejable es no tomarse mucho tiempo, aunque la decisión sea compleja. A lo sumo un día, aunque la mayoría de decisiones no deberían tomar más de una hora.

2. No posponer las cosas que se deben hacer

Cuando pospones lo que debes hacer solo consigues comenzar a enredar la situación. Si ya es claro que debes hacer algo, no hay razón para esperar a después. Hazlo, aunque haya obstáculos o tengas que vencer resistencias.
El problema es que los pendientes solo llevan a comerse la cabeza. Debes organizar una y otra vez el plan para llevarlo a cabo. Eso te quita un tiempo valioso que podrías emplear en algo mucho más productivo.

3. Darle una perspectiva temporal a las cosas

A veces pensamos demasiado en cosas que no lo ameritan. Pequeñas situaciones o decisiones que no tienen mayor trascendencia. Como es posible que tengamos la manía de sobrepensarlo todo, terminamos convirtiendo las pequeñeces en algo más relevante de lo que son.
Una buena técnica es analizar qué tan importante será eso en una semana, en un mes o en un año. Qué consecuencias puede traer en esos lapsos. Si no es algo que afecte a mediano y largo plazo, no merece que lo pienses tanto.

4. Detenerte a tiempo

Hay circunstancias que no favorecen el pensamiento lúcido. Por ejemplo, cuando estamos fatigados nos volvemos más lentos al razonar y también tendemos a estar más irritables. Por eso, fácilmente caemos en secuencias de pensamientos negativos.
Lo mismo ocurre cuando no hemos comido, estamos exaltados, tristes o con en un estado de ánimo no muy positivo. En esos casos, lo indicado es no permitirte pensar. Simplemente di “ahora no”. Espera un momento más propicio para hacerlo.

5. No alimentar los temores imprecisos

No es nada difícil sentir temor. Diferentes temores están ahí acechándonos, porque vivimos en una sociedad medio paranoica y porque la incertidumbre es una constante en la vida, aunque tomemos toda suerte de medidas para evitarla.
Cuando experimentemos esa especie de miedo latente, resulta muy importante hacer el ejercicio de precisar de qué se trata. ¿Exactamente a qué le tememos? Lo más probable es que ese razonamiento nos lleve a ver que en realidad no hay motivos para sentirnos así.

6. Soltar el control y dejar de comerse la cabeza

Debemos admitir que no existe nada en la vida que no implique algún riesgo. Cuando alguien duda constantemente y comienza a comerse la cabeza por todo, seguramente se debe a que quiere, en el fondo, tener control sobre lo incontrolable.
De una u otra manera, cada una de nuestras acciones es un pequeño salto al vacío. Si buscamos eliminar el riesgo solo conseguiremos meternos en un ciclo neurótico de inacción. Incluso la inacción contempla riesgos. Así que es mejor soltarse y dejar que las cosas sucedan como tengan que suceder.

7. Dormir bien, dormir bien, dormir bien

Una gran parte de nuestra vida psíquica funciona bien gracias al sueño. Dormir bien nos proporciona una base fundamental para mantener la buena salud física y mental. La falta de sueño genera consecuencias graves. Entre ellas, hacer que nuestro pensamiento sea confuso y a divagar mucho.
Por eso la consigna debe ser la de dormir bien siempre. El sueño es una de esas actividades (porque es una actividad) que debemos cuidar celosamente. No permitir que nada la altere, mucho menos el ritual del sobrepensamiento.
Todos estas claves son pautas que si se convierten en hábitos podrían ayudarte mucho. Comerse la cabeza no lleva a ninguna parte. Es una de esas costumbres que están ahí solo para entorpecerlo todo y evitarnos llevar una vida más saludable.