miércoles, 9 de mayo de 2018

7 verdades brutales que harán salir del cascarón al (buen) líder que lleva dentro

El liderazgo (elevado a la máxima potencia) es un bien tan valioso con extraordinariamente exiguo dentro de las empresas. Es, de hecho, la ausencia de líderes verdaderamente merecedores de tal apelativo la que hace que los mejores talentos se marchen con cajas destempladas (y para siempre) de las compañías a las que tienen a bien prestar sus servicios.

Un buen líder no nace (ni se hace) de la noche a la mañana, pero ser consciente de las verdaderas (absolutamente brutales) que disecciona a continuación Inc. puede incrementar de manera notable nuestras dotes de liderazgo:

1. Los buenos líderes son capaces de ahuyentar los miedos que hay agazapados en sus subordinados
Lejos de inspirar miedo en las personas a su cargo, un buen líder tiene como principal prioridad que los miembros de su “tribu” se sientan seguros. Por eso, el liderazgo implica sacar (a empujones si hace falta) los miedos que habitan en lo más recóndito de las personas para animarlas a colaborar, innovar e interactuar totalmente libres de cortapisas.
2. Sin la confianza a su vera el liderazgo se queda “cojo”
La confianza es el pilar más importante sobre el que reposa el liderazgo. Y para ganarse la confianza de sus trabajadores un buen jefe debe alentar la transparencia, debe confrontar la realidad, debe asumir siempre (y sin excepciones) sus responsabilidades y debe hablar con claridad a sus subordinados.
3. Los buenos líderes están dispuestos a escuchar el “feedback” de los demás
Muchos (supuestos) líderes se niegan tajantemente a escuchar las ideas y las opiniones de los demás sobre su propio liderazgo. ¿El problema? Que tales líderes operan en realidad encerrados en férreos “egosistemas” (no en ecosistemas). Un buen líder está siempre abierto a escuchar el parecer de los demás (aunque sea de carácter crítico). Y hace además preguntas a cuantos están a su alrededor para apuntalar sus decisiones y asegurarse de que éstas son acertadas y justas.
4. Los buenos líderes son positivos (también cuando las cosas van mal)
Los buenos líderes practican el denominado pensamiento positivo. Y contemplan las situaciones estresantes con las que se topan de bruces desde una perspectiva positiva que requiere inevitablemente elevadas dosis de inteligencia emocional. Un buen líder contempla los fracasos como oportunidades para hacer un alto en el camino, aprender, crecer y recuperarse para continuar adelante con renovada energía. Sabedores de que el pesimismo puede tener un profundísimo impacto en el bienestar físico y psicológico de sus empleados, los líderes positivos aprenden a mantener a raya la negatividad en los equipos cuyos designios dirigen.
5. Los buenos líderes rara vez dejan las cosas para después
Son personas que se rigen sobre todo y ante todo por el ahora. Y por eso no posponen las cosas sine die hasta el último minuto (generando inevitablemente altos niveles de estrés en su equipo). Los buenos líderes se anticipan a los problemas antes de que emerjan y se guardan siempre un plan bajo la manga para contener los problemas que tienen entre manos.
6. Los buenos líderes se ponen estrictos límites a sí mismos
El multimillonario Warren Buffett dijo en una ocasión que “la diferencia entre la gente exitosa y la gente verdaderamente exitosa es que la gente verdaderamente exitosa dice no a casi todo”. Los buenos líderes son los suficientemente sabios como para decir no (de manera rotunda) a todo aquello que no les emociona, que no se corresponde con sus valores y que no está en línea con su propia misión vital. Saben que si no se preocupan por sí mismos, las cosas irán en realidad peor para todos (para ellos y para sus propios empleados). Y por eso manejan con suma maestría el arte de ponerse límites a sí mismos.
7. El liderazgo tiene que ver en realidad con el amor
El amor aplicado al liderazgo (el que brota en los entornos laborales) es mucho más que un sentimiento y se expresa en acciones muy concretas: en ajustarse a las necesidades de los demás, en retirar obstáculos del camino, y en empoderar a los subordinados para triunfar no sólo como trabajadores sino como personas.
Un artículo publicado en Marketing Directo y, recibido via Vallebro.com